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Cuestión de fe, de endometriosis a gemelos

Desde siempre quise ser mamá, quizás por la bendición de tener una familia tan numerosa y hermosa, de haber crecido con decenas de primos, y hermanos que me acompañaron en esos años de felicidad en la niñez.

Siempre quise saber cómo se sentiría eso de tener a alguien creciendo dentro, moviéndose, estirándose, pateando… y Dios puso en mi camino la persona perfecta para tener una vida feliz en pareja, con las mismas ilusiones de hacer familia, de ser papás.

Pero los sueños no siempre se cumplen como uno quiere. Después de todo lo que me ha consentido Papá Dios, era hora de aprender, de enseñarme de tantas maneras diferentes. En julio de 2018 un dolor intenso me paralizó, llegando al trabajo…

La revisión médica era clara: sangre, un montón de sangre en la cavidad abdominal. Un quiste se había roto.

Después de semanas de reposo y que se absorbiera la sangre, el 20 de septiembre de 2018 igual tuvieron que operarme: dos quistes de 5 y 4 cm estaban pegados a la pared de mi útero. La operación salió bien, una cicatriz de más por una laparoscopia complicada, y supimos que soy una de 10 mujeres en el mundo.

¿El diagnóstico? Endometriosis, una enfermedad crónica donde tejido similar al del endometrio (el que se engrosa cada mes y se desecha en la menstruación) se adhiere a los órganos fuera del útero. Es una masa que se pega como telaraña, sus células se adaptan para poder seguir viviendo fuera del útero, unen intestinos, vejiga y todo lo que alcancen, trayendo montones de complicaciones, que incluyen infertilidad.

Sí, infertilidad.

Así el sueño de ser mamá se empezó a nublar con la noticia, con las probabilidades. Y la endometriosis no solo me afectó a mí, claro, sino al amor de mi vida, a mis padres, a los suyos… a toda persona cercana que compartía ese sueño. Sin embargo me preguntaba ¿qué quiere Dios que aprenda de todo esto?

Después de inyectar la cápsula del medicamento, la aguja se retraía dentro de esa funda de plástico. Para que vean el grueso, es esa barra dentro del resorte. Más gruesa que las que usan para hacer piercings.

Mi tío no tiene experticia en la enfermedad, por lo que consultó con otros médicos y por esas recomendaciones vino el tratamiento más duro (que según especialistas ni siquiera necesitaba), una menopausia inducida por seis meses. Y gente, de verdad que la menopausia es dura, difícil. Con toda la mezcla de hormonas, el humor cambia, el cuerpo se altera, los calorones… Todo. Y a los 28 años queriendo tener bebés se le suma todo el factor emocional.

Nada más conseguir el tratamiento fue complicado, incluso intentaron estafarnos, pero una vez llegaron las agujas enormes refrigeradas enfrenté el tratamiento con la certeza y la fe firme en que sería pasajero, que luego podríamos buscar bebés y todo estaría bien, que era una etapa. A mi lado, como siempre, tuve al mejor esposo, el más cariñoso, comprensivo, amable, consentidor… Él que me secaba las lágrimas cuando era necesario, también lloraba y reía conmigo, también esperaba con fe en ese sueño, esa promesa.

Pero dos meses después de terminar el tratamiento, casualmente después de celebrar un día de las madres, un dolor intenso me despertó en la madrugada. Doblada en el suelo, mareada, con vómitos por el dolor y mucho miedo me llevaron a emergencias.

Una esfera de tejido pegado a mi útero se había estallado. Otro endometrioma.

Con el abdomen lleno de sangre me operaron de emergencia: pero en esta ocasión en vez de cuatro cicatrices pequeñas y las del ombligo por laparoscopia, el 14 de mayo de 2019 me abrieron de ingle a ingle cortando músculos y exponiendo todo para averiguar qué pasaba.

Recuerdo que estando en emergencias el cirujano comentaba, fuera de mi cubículo, que si tenía que sacar útero, ovarios, trompas o lo que fuera, que los iba a sacar. Con el terror de la infertilidad definitiva y la fe firme en que Dios, de alguna manera tenía un plan, le dije con firmeza: Doctor a mí usted no me quita nada, ni mis trompas ni el útero ni ovarios. NA-DA.

Me dormí en el quirófano orando. Señor, que seas tú quien me opere, que sean tus manos las que me sanen. Por primera vez en todas mis intervenciones en mi mente y en mi corazón no hubo cuenta regresiva desde diez cuando me colocaron la anestesia.

Cuando me abrieron el abdomen se encontraron con un panorama bastante complicado: pelvis congelada por endometriosis grado IV (la peor). Todos los órganos pegados entre sí por tejido similar al endometrio.

El cirujano, ignorando mi petición, quería quitarme las trompas porque las veía muy dañadas… eso implica cero posibilidades de concepción natural. Pero Dios con sus cosas había garantizado que yo tuviera un ángel en el quirófano: mi ginecobstetra, mi tío Mario, a quien siempre he querido tanto tanto. Y fue él quien paró las tijeras y se responsabilizó por no quitarme las trompas. Fue esa herramienta de Dios para sus planes…

Lo primero que me dijo Luisma cuando me bajaron a la habitación, con su sonrisa amplia y el corazón en los ojos fue “estás completa”. Y ya saber que no me habían quitado nada fue un alivio. Entre todo el dolor, entre todo el miedo.

Al día siguiente el cirujano me comentó muy tranquilo y medio molesto que él hubiera quitado las trompas, que estaban muy dañadas, y que no se responsabilizaba si me tenían que volver a operar para sacarlas. Endometriosis grado 4, alto porcentaje de infertilidad.

Con amor recuerdo muchas conversaciones que tuve con gente súper especial en la clínica. Con alegría me veo a mí misma diciéndoles: yo no sé cuál es el plan que tiene Dios para mí, no sé si de esto sacará algo, si tendré 5 muchachitos por fertilización in vitro, y si el plan es que los adopte para hacer mi familia. No lo sé, yo estoy en sus manos. Gracias de corazón a quienes nos acompañaron y ayudaron esos días.

Al salir de la clínica mi tío nos envió con un doctor de fertilidad para que atendiera el caso, que se escapaba de su experticia. Ya estábamos en otro campo.

Luisma y yo empezamos de inmediato, a la semana de la operación. Entre los montones de exámenes, tristeza, miedos, oraciones… el amor que nos tenemos y la fe fueron lo que nos sostuvieron. El amor de llorar juntos en el piso del baño, de consentirnos y sonreirnos, el amor de “todo va a estar bien” junto con esa fe y esa confianza de que algo quería Dios de todo esto. Y lo sé, ahora lo entiendo, la posibilidad de infertilidad puede separar a cualquier pareja, así que abrazo y aplaudo a quienes han superado ese tortuoso camino.

Por meses, todas las noches después de mi operación, TODAS, mi oración era “sáname Señor”; y ponía mis manos sobre la cicatriz, y le pedía como le pidieron tantos que conocemos por la Biblia… Si tú quieres, Señor, sáname. Con calma, con fe, con certeza. El paso del dolor y de los días hicieron que el alivio llegara, con el amor y los cuidados de Luisma, de la familia, de amigos.

Y la certeza se empezó a colar en las oraciones, el Espíritu Santo consolador también hacía su parte, y con firmeza ya simplemente me preguntaba ¿cuál es el plan que tienes para mí Señor? ¿Cuál es el testimonio que quieres que contemos? ¿Qué te estás tramando en todo esto? Y sonreía tranquila, como aquella que sabía que con sólo rozar el manto del Maestro quedaría sana.

Ese es mi útero, dentro de la pelvis, y las raitas que se ven a ambos lados, saliendo desde arriba, son las trompas .

En septiembre de 2020 vino el examen que confirmó esas certezas. Una histerosalpigografía (¡ajá! Que hasta aprendí a decirlo) demostró que mis trompas estaban permeables, que funcionaban, que estaban perfectas, que estaba sana, que había más probabilidades que la infertilidad. Lloré con una felicidad indescriptible cuando me mandaron a vestirme después del examen, con el agradecimiento en la garganta y el corazón hinchado de fe y de amor, de Su Amor.

Aún faltaban exámenes de fertilidad, valores, hormonas, espermatozoides… aún faltaba camino para saber cómo íbamos a hacer para hacer crecer esta familia Rodríguez Garrido. Pero sí, Papá Dios estaba de nuestro lado. ¿Qué quería? En ese momento aún no sabía cuál era el testimonio que Él quería que contara, la historia que estaba escribiendo en mis líneas torcidas.

Así pasaron los meses y una semana después de recibir los últimos resultados que pedía nuestro doctor de fertilidad, llegó la pandemia. Y todos sabemos lo que implica la Pandemia. Yo, con problemas respiratorios desde bebé, y una enfermedad crónica soy paciente de alto riesgo: encerrada en casa, a cuidarse se ha dicho. Con todos los cambios no fuimos a consulta, no entregamos esos últimos resultados, todo quedó como suspendido, en pausa.

Mientras tanto seguíamos las indicaciones médicas: unas vitaminas para Luisma, otras para mí, pastillas anticonceptivas por los síntomas de la endometriosis, y listo, a esperar tratamiento.

Pero los sueños y la fe son motores en la vida. Dios no siembra anhelos en tu corazón de gratis y la inquietud de esos sueños no descansa.

En mayo, conversando casi casualmente, Luisma y yo tomamos la decisión. Sin preguntarle a médicos, a familia, a nadie; tomamos nuestra decisión: ¿si le vamos a dar un chance a los médicos, por qué primero no darle un chance a Dios? La fe se ejercita, la vida de fe es para eso, para vivirla.

Nuestra planificación familiar siempre fue con métodos naturales, eso de depender de unas pastillas (que además pueden ser abortivas), y que la responsabilidad siempre cayera sobre mí nunca nos gustó, nunca fue parte del plan. Así que gracias a eso conozco mi cuerpo, entre Billings y un termómetro que me regaló una de mis hermanas de la vida, el conocimiento ayudó a sentar las bases.

Empecé a tomarme el multivitamínico prenatal, que teníamos en casa desde abril de 2019. Ni me preocupé por conseguir más anticonceptivas, terminé ese blíster y a confiar en Dios. Y así entre mucha oración, nervios y complicidad, empezó la diversión de buscar bebé.

Pasó el primer mes, la primera menstruación; luego el segundo mes y la menstruación no llegaba. Cero, nada.

Día uno de retraso “puede ser que el cuerpo aún se está adaptando”. Día dos “esperemos a ver”. Día tres “es mi retraso más largo ever”… Y la emoción, y los nervios. Día cuatro entre risas “¿mi amor aún nada? Nada”. Y así siguieron los días con la emoción, la complicidad y las risas… “Vamos a esperar que sean 10 días”.

Esa ida a la farmacia fue y será una de las más recordadas. Luisma fue, caminando, con el tapabocas cubriéndole la sonrisa, y regresó en un dos por tres con una prueba rápida. Que sea lo que Dios quiera y a abrir la caja, leer instrucciones, poner unas gotitas en donde debía, y a esperar.

Y esperamos juntos, tomados de la mano, nerviosos, orando. Así como esperamos todo este tiempo, como esperamos en la recuperación de mis dos operaciones, como esperamos los resultados de otros tantos exámenes… Pasaron los 5 minutos más largos del mundo.

El positivo era inequívoco. Después de todo lo recorrido, de todo el llanto, el miedo, el dolor; después de todas las oraciones, las conversaciones con Jesús, las peticiones a Papá Dios y las certezas del Espíritu Santo, las lágrimas, más que nunca, fueron de alegría.

Al día siguiente le escribí a mi tío para ir a consulta, y tres días después, un eco nos confirmó la noticia. Ese angelito que estuvo en quirófano y abogó por que no me quitaran las trompas, no se lo creía: “¿de verdad no tenían ningún tratamiento? ¡Esto es increíble! Es que yo te ví como estabas, eso estaba demasiado empastelado… Dios es demasiado grande”. Aunque el tapabocas le cubría media cara, la felicidad le brotaba por los ojos. Todos lloramos.

Antes de terminar el estudio vino el “vamos a revisar cómo están los ovarios y las trompas, chequear que tofo esté bien”. Y así, buscando otra cosa, apareció en pantalla otro saquito… “ya va pero aquí hay otro… ¡son dos!”. Son dos. Recuerdo que el día anterior, de la “nada” me había venido esa posibilidad a la mente y se lo comenté a Luisma “mi amor, ¿te imaginas que sean morochos?”. Aún cinco meses después sonrío y lloro. (Nota para no venezolanos: acá les decimos morochos a los gemelos no idénticos).

La felicidad y la paz nos han acompañado estos 154 días, el amor crece como crecen los bebés. Y bueno, Dios no da regalos a la mitad… siempre supe que serían niño y niña, lo sabía en mi corazón. A los 4 meses la ecografía confirmó ese pensamiento y el deseo de su papá y de sus abuelos… Porque sepan algo: Dios no da regalos incompletos.

Y ojo, si hubieran sido del mismo sexo los habríamos amado igual, esperado con las mismas ansias, con la misma felicidad. Pero Dios nos consiente y eso hay que decirlo. Nuestros bebés son la probabilidad de 33% que le ganó a la probabilidad de 67%… y más que eso, son nuestro milagro.

Aunque no sé qué pasará en los próximos meses del embarazo tengo la certeza de que, sea lo que sea, nunca estaremos solos. Nunca, nunca, estuvimos solos. Sebastián, Victoria Isabel, espero que la vida nos dé tiempo para que sepan cuánto los amamos, cuánto los esperamos, ya sabrán lo mucho que los deseó papá, y lo mucho que nos cuidó a los tres estos meses; y un día sabrán de toda la gente que se mantuvo en oración por ustedes.

Gracias a todas las personas que nos han acompañado en este camino, de cerquita o elevando una oración por nosotros. Siempre supe que mi recuperación fue rápida porque tenía un ejército de almas orando por mí; ahora tenemos este regalo, gracias por seguir orando por nosotros. Dios escucha, siempre.

Esta es la historia que Dios quería que contara, quizás con menos, más o con otras palabras; pero este es mi testimonio. Tengo la certeza de que vendrán muchas historias más, Dios es fiel a sus promesas.

“Dijeron los apóstoles al Señor; ‘auméntanos la fe.’ El Señor dijo: ‘si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido” Lc. 17, 5 y 6.

Publicado en Blog, Opinión

9 Comentarios

    • Andrea Garrido

      Es así, Dios es el mismo y es siempre fiel a sus promesas, la Verdad y el Amor no se mudan 🙂

  1. María de Lourdes Torres (Malú)

    Dios mío que grande eres. Tu amor es infinito y siempre nos regalas lo que sabes es mejor para nosotros.
    Que bello testimonio Andrea estoy tan feliz por uds. Se me aguaron los ojos contándole a mi hija todo tu proceso. El Señor y la Virgen te sigan acompañando.

    • Andrea Garrido

      Gracias Malu querida. Te abrazamos fuerte, amén y contamos con tus oraciones por los 4 😀

  2. Nuchy

    La verdad es que ha sido tsn emocionante leer esta historia que, me ha sacado lágrimas, es una historia increíble y esperanzadora para la fe dd muchos y reivindica a la humanidad. Una belleza felicidades, serán lls mejords padres del mundo

    • Andrea Garrido

      Amén! Muchas gracias 🙂 Nunca nos dejemos robar la esperanza, compartir este testimonio es en parte para eso, para recordar que Dios es fiel y que hay una luz de esperanza siempre.

  3. Carmen Cecilia Bello de Fuenmayor

    Dios lo bendiga Andrea! Como decían nuestras abuelas y a veces nos costaba entender los tiempo de Dios son perfectos y nunca nos manda nada que no podamos soportar y no solo dolor sino bendiciones y alegrías que son tan grandes que se nos olvida agradecer!
    En los tiempos mas turbios que pasamos en Venezuela un dia lleno de muerte frustración y dolor un angelito en forma de una abuelita que no se de donde salio me dio una estampita con esta oración:
    Gracias Señor
    Por todo lo que me has dado
    Por lo que me has dado y no me he dado cuenta
    Por lo que me vas a dar por que siempre me tienes presente
    por lo que me has negado en tu infinita misericordia
    y Gracias por hacerme entender que tu tardanza no es tu negación
    GRACIAS SENOR POR AMARME TANTO!!!

    Cuando la termine de leer me lleno un paz que venía de comprender lo mal que estaba viendo las cosas.

    Me voltee para buscar a la abuelita y ya no la vi por ningun lado. No la encontre ni a lo cerca ni a lo lejos. Era esos angelitos que Dios nos manda.

    Desde ese dia rezo la oración todos los días y cuando me siento triste y cuando me siento alegre.

    Antes de terminar de escribirte esta nota la rece por ti!!

    Te queremos y recordamos Andreita

    Dios te bendiga!!

    Carmen Cecilia
    Mama de Alejandro, Jesyca y Alexandra y Tia de Mariana y Daniela jaja

    • Andrea Garrido

      Carmen ¡gracias! Es una bella oración, gracias por compartirla… a veces entender esos tiempos también es cuestión de fe, ver y esperar con certeza es difícil (puede ser muy muy difícil), pero siempre rinde sus frutos. Gracias por orar por nosotros, yo también los recuerdo con mucho mucho cariño, abrazos a todos, que los he visto en Instagram bellos y adultos jajajaja Que tengan una súper feliz Navidad y nunca olvidemos que ese niño que nace en un pesebre es la verdadera esperanza.

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